La Maldición del Medioevo

Ya se decía de mi a inicios de la década del 00 que era un chico a quien le gustaban las cosas medievales. Dragones, elfos, aventureros y castillos, poblaron mi imaginación incluso desde antes, cuando estaba en el colegio, cuando leí El Hobbit y El Señor de los Anillos.

No fue casual mi interés en la magia y la religión, las cartas Magic y el juego de rol Dungeon & Dragons, del cuál una vez recibí invitación a jugar, pero nunca se concretó. De hecho fue a principios de las década pasada en que realmente concreté mi paso hacia los juegos de rol. Recuerdo la primera experiencia. Me reía compulsivamente. Sería el preludio de un largo amorío.

Bien, no es de extrañar que mi primera experiencia dirigiendo fuese con Rolemaster, MERP (Tierra Media) y una versión propia de Seiken Densetsu (que hoy considero bastante deficiente), todos juegos de corte medieval-fantástico (uno más fantástico que otro). Y así fue durante años, a pesar de que experimenté como jugador en distintos géneros, lo mío siempre fue dirigir módulos medievales.

Mucho me costó escapar de la aplastante presencia de MERP. Lo hice con duras críticas, como de aquellos que se van escupiendo hacia atrás. Pero me guardo bellísimos recuerdos de las campañas jugadas.

De la sartén al fuego. Primer manual que me compro: Mouse Guard. Un juego de ratones con espadas, una suerte de Medioevo ratonil. Lo elegí más bien por la sencillez, porque tenía intenciones de que fuese un juego de paso, pero aquí me ven, bastante metido en el entuerto, con una nueva campaña en camino.

Y adivinen que juego tenía en carpeta: King Arthur Pendragon ¡no puede haber algo más medieval! Pero si el tiempo me pilla de pie todavía, quizá a fin de año termine dirigiendo The One Ring, sí, otra vez al mundo de Tolkien, otra vez a los dragones, los castillos y las espadas. Como si fuese una maldición.

No crean que no he considerado juegos de otros géneros: Qin: The Warring States, Call of Chtulhu o Spirit of the Century, por mencionar algunos. Pero una maldición es una maldición, sobretodo si hay mucha gente que te la está echando encima.

Principio de Dolores (de Cabeza)

Y otra vez escuchamos lo mismo de los tontos cristianos, las mismas patrañas que vienen diciendo hace varios cientos de años. Qué el terremoto en Japón es una evidencia del “principio de dolores”, del “fin de los tiempos”. Esta loca idea la sacan de los evangelios, vamos a citar sólamente Marcos que fue el primero en escribirse entre el año 70-80 DC:

Mas cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis, porque es necesario que suceda así; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá terremotos en muchos lugares, y habrá hambres y alborotos; principios de dolores son estos. (Marcos 13:7-8)

Estas son las supuestas palabras de Jesús a sus apóstoles refiriéndose a su segunda venida y la llegada del Reino de Dios (literalmente: El Imperio del Cielo). Se desprende de estas palabras la visión judía de un tiempo líneal que presenta un principio y un final, visión que se integró más tarde a la escatología cristiana y se reprodujo hasta el día de hoy como una punzación emocional frente a eventos catastróficos para el mundo y vida humanos.

Bien, no es para nada raro que muchos cristianos, desde los mísmos apóstoles (aunque no eran exactamente ”cristianos”) hasta los del restauracionismo en Estados Unidos a las sectas de hoy, hayan pensado y piensen que “el fin está cerca” pues, Jesús no pone unas condiciones muy exclusivas al evento que digamos. Veamos:

Guerras: Dificilmente alguien podría calcular con precisión cuantas guerras han habido en la historia de la humanidad, pero basta pasearse un rato por esta entrada en Wikipedia para hacerse una idea. Lo cierto es que no ha habido ningún periodo que no estuviese marcado por algún conflicto bélico entre naciones o reinos.

Terremotos: Es algo natural del planeta que se produzcan terremotos debido a que la tierra está constituída por numerosas placas y continentes que se encuentran en un constante y lento movimiento. En una visión general, a los humanos los terremotos nos resultan indeseables porque perjudican nuestras construcciónes materiales y aniquilan vidas de seres queridos, provocando dolor, malestar y miedo. Nuevamente se puede revisar una entrada al respecto en Wikipedia, para comprobar que no ha existido ningún momento en la historia sin terremotos (y eso que sólo salen los que han dejado algún tipo de evidencia).

Hambres: Hambrunas, otro tipo de evento que perjudica al hombre. Siempre han existido como se puede ver aquí. En esta lista la primera figura en el 440 AC, sí… Antes de Cristo. En todo caso, es fácil imaginarse cuantas más han habido, desde los tiempos del hombre primitivo, a quien si algo le estaba entragado con incertidumbre era el alimento.

Alborotos: Demasiados e incontables son los ejemplos de alborotos, boches, revueltas, protéstas o cualquier tipo de manifestaciones que alteran el orden económico, político, social o cultural al punto de cambiarlo. No vale la pena ahondar en este criterio.

¿Qué nos queda entonces? ¿Cuando es el “fin de los tiempos”, el “principio de dolores”? Algunos ya han fallado en sus cálculos como don William Miller, hombre influyente en Jopeph Bates, fundador de la Iglesia Adventista, quien predijo que este evento se produciría el 22 de octubre de 1844… produciendo lo que históricamente se ha llamado La Gran Decepción, cuando no.

Buscando la respuesta en las palabras del mismísimo Cristo nos encontraremos con una realidad bastante deprimente. Repasemos:

También les dijo: –De cierto os digo que algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto que el reino de Dios ha venido con poder. (Marcos 9:1)

De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su Reino. (Mateo 16:28)

Pero en verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios. (Lucas 9:27)

De cierto os digo que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca. (Marcos 13:30, Mateo 24:34)

Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. De cierto os digo que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre. (Mateo 10:23)

Por tanto, cuando veáis en el Lugar santo la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel –el que lee, entienda–, entonces los que estén en Judea, huyan a los montes.  (Mateo 24:15-16)

Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. (Lucas 21:22)

Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. (1 Tesalonicenses 4:17)

Cómo ven los tres evangelistas sinópticos más Pablo estaban convencidos que el “fin de los tiempos” estaba muy cerca y que Jesús retornaría antes que que ellos murieran. Esa era la promesa. Pero los evangelistas y Pablo murieron y Jesús no volvió.

Algunos cristianos les van a decir que cuando Jesús dice: “no van a probar la muerte” se refiere a que no caerán en pecado, porque ellos tienen vida en Cristo o cualquier otra estupidez. Pero la evidencia es clara y no hay vueltas que darle, ni inventar ningún contexto para cambiar el significado de las frases. Lo cierto es que la palabra griega para “vivir” que se utiliza en Tesalonicenses es ζωντες y no significa nada teológicamente especial ni proféticamente místico, es una palabra vulgar que se utilizaba hasta para las plantas o los animales, seres que para un cristiano al no tener “espíritu”, dificilmente se encuentran “en Cristo”. Entonces, no me vengan con tonteritas de profeta trasnochado.

Lo cierto es que la “segunda venida” no fue, falló. Pero como es algo casi ontólogico, los cristianos la siguen esperando, viendo los síntomas en todas partes, porque siempre han existido y existirán después de que fulano haya muerto y su hijo también verá lo mismo y así. Lo único que les queda por decir es que es un asunto de fe y ahí termina la discusión…

La Diosa de los Cristianos

¿Porqué Dios es hombre? ¿Porqué no hay ninguna Diosa? Se habrán preguntado sanamente algunos cristianos. Intentar contestar esta interrogante requeriría varios libros quizá y tampoco cuento con la calidad académica ni moral para dar una respuesta definitiva e iluminadora. Sólo quiero ordenar acá algunos antecedentes y reflexiones que he tenido al respecto. Espero que los disfruten tanto como yo.

Se sabe hoy que el “éxodo” del pueblo israelí expulsado de Egipto, tal como se describe en el Libro Éxodo de la Biblia, no corresponde a un hecho histórico sino a un mito fundacional. No existe evidencia arqueológica ni documental que permita establecer la historicidad de este evento. Ze’ev Herzog, arqueólogo de la Universidad de Tel-Aviv lo resume de la siguiente manera:

Esto es lo que los arqueólogos hemos aprendido de nuestras excavaciones en la Tierra de Israel: los Israelista nunca estuvieron en Egipto, no viajaron por el desierto, no conquistaron la tierra en una campaña militar y tampoco se la heredaron a las 12 tribus. Quizá aún más dificil de digerir es que la monarquía unidad de David y Salomón, la cuál es descrita en la Biblia como un poder regional, fue a lo más un pequeño reino tribal. Y será un choque no muy agradable para muchos saber que el Dios de Israel, YHWH, tenía una consorte femenina y que la temprana religión israelí adoptó el monoteísmo sólo en el periodo de la decadencia de la monarquía y no en el Monte Sinaí.” (The Nature of Home: A Lexicon of Essays, Lisa Knopp, p. 126)

Según la Biblia quienes migraron de Egipto a Canaán fueron 603.550 hombres a pie, sin contar mujeres, niños y ancianos (Éxodo 12:37-38; Números 1:46), por tanto se podría estimar que en total era unos 2 millones de personas. Todos ellos cruzando el Desierto de Sinaí, hubiesen formado una fila de 240 kilómetros, nunca se ha encontrado evidencia que demuestre tal paso. Lo que es más, para el año del éxodo, es decir el 1312 AC (1 Reyes 1:61), la población de Egipto no superaba los 3 millones, la catástrofe social y económica que hubiese producido esta migración hubiese dejado al menos algún registro en los anales egipcios… nada, o al menos en Canaán, que es dónde llegaron, las cosas no hubiesen sido muy auspiciosas, pues su población oscilaba entre las 50.000 – 100.000 personas… nada tampoco.

Entonces, si el pueblo de Israel nunca migró, ¿dónde estaba en aquel momento?. Siempre estuvieron en Canaán. Al menos para el año 1.400 AC las tribus hebreas iniciaban la conquista de esta fértil tierra, codiciada y poblada por tantos otros antes que ellos: semitas, amorreos, hicsos, hurritas, hititas, egipcios y los pueblos del mar. Tal era la “Tierra Prometida”.

Las tribus hebreas no venían de India, ni de China, no estaban ajenos a las otras etnias del lugar, al contrario, estaban emparentados y compartían con ellos similares cosmovisiones, mitologías y lenguas. De hecho, Yavhéh, el monolítico Dios de Israel, sí, el mismo de la Biblia, era un dios del panteón cananeo, hijo de El, hermano de Baal, esposo de Aserá. La lucha isaraelí por la conquista de Canaán necesitaba un sustento ideológico, un mito unificador, un único Dios de los Ejércitos, iracundo, celoso y beligerante, que se opusiera con violencia a las creencias de los otros pueblos. Comienza el proyecto civilizador de Israel (nombre que justamente significa “El que lucha contra El”). Los dioses cananeos son considerados aborrecibles, diabólicos, lujuriosos y materialistas. Sus ídolos son ordenados destruir, sus templos quemar y la Diosa Madre, junto a todas sus formas (Anath, Astarte, Ashima, Asherah) es divorciada y exonerada para siempre. De todas ellas Asherah, como hemos dicho, era la consorte de Yavéh. Repasemos algunos pasajes de la Biblia al respecto:

“Esto es lo que harás con esas naciones: Destruirás sus altares, romperás sus piedras sagradas, derribarás sus imágenes de la diosa Aserá y les prenderás fuego a sus ídolos.” (Deuteronomio 7:5).

“Demolerán sus altares, harán pedazos sus piedras sagradas, les prenderán fuego a sus imágenes de la diosa Aserá, derribarán sus ídolos y borrarán de esos lugares los nombres de sus dioses.” (Deuteronomio 12:3).

“No levantarás ninguna imagen de la diosa Aserá junto al altar que edifiques para el Señor tu Dios.” (Deuteronomio 16:21).

“Los niños juntan la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres hacen la masa para cocer tortas y ofrecérselas a la Reina del Cielo . Además, para ofenderme derraman libaciones a otros dioses.” (Jeremías 7:18) (Esté último párrafo corresponde a otro periodo, pero lo cito para complementar la idea).

Vaya “dios de amor”, digo yo. Bueno, está claro que por todos los medios, Yavéh es reinventado como un Dios monolítico y androcéntrico.

Los libros del Antiguo Testamento son compuestos durante esta época (véase Dating the Bible). De esto, el Génesis forma también el sustento teológico para redefinir la religión israelí. El Génesis es un libro compuesto de al menos dos relatos de origen Yavehísta y Elohísta (véase Hipótesis Documental) y además una reinvención de Enûma Eliš, el relato babilonio de la creación. En este se pone a Yavéh como la figura central, subyugando todas las fuerzas de la naturaleza a su poder, quedando exonerado el carácter femenino de Dios (Diosa Madre-Tierra-Naturaleza-Fertilidad, una conceptualización tan propia de los pueblos antiguos). Conrad Hyres, del Princeton Theological Seminary, señala al respecto:

“El Génesis 1 no es un asunto de tomar prestado un par de elementos para hacer una nueva receta. Tampoco apropiarse de un ser superior, hacer un compromiso ecléctico o mejorar las cosmologías paganas. Su propósito es casi repudiar la divinización de la naturaleza y los acompañantes mitos de origen, conflicto y ascenso divino.” (The Meaning of Creation: Genesis and Modern Science, John Knox, 1984).

Estamos entonces ante un verdadero femicidio divino. No puedo evitar recordar la animadversión de algunos cristianos cuando se habla de la energía-poder-espíritu de la naturaleza, es increíble como han heredado y asimilado esta visión. Lo mismo con el asunto de los ídolos, actualmente los cristianos condenan a otras tradiciones religiosas, radicalmente distintas a la propia, tan sólo porque adoran Diosas y levantan imágenes, basándose en preceptos que como hemos visto están totalmente sacados fuera de contexto.

Lamentablemente, el destierro de la Diosa en la Biblia moldeó también el rol social e histórico de la mujer en el cristianismo, algo sobre lo que no vale la pena ahondar. Producto quizá es también de esto la profunda contradicción que presenta la persona de María (la vírgen) cuyo útero gesta al “Hijo de Dios”, ¿no sería acaso ella a luz de este hecho igualmente Diosa?, simbólicamente hablando.

¿Cómo hubiese sido la tradición Judeo-cristiana de haberse conservado la pareja y la familia divina? La verdadera familia: El, Moloch, Baal, Asherah, todos ellos y tantos otros. No quiero especular al respecto, ni caer en comparaciones con otras corrientes espirituales, sólo invitar a la reflexión y la búsqueda inquisitiva.

En la próxima entrada hablaremos de la Shekinah, la energía femenina del Dios judeo-cristiano y el antiguo ritual de unión sexual de ambas divinidades.

Juegos para Niños

Hace tiempo ya vengo escuchando lo mismo: “Nintendo hace juegos para cabros chicos” “la Wii es una consola para novatos” “los juegos de PlayStation son para gente madura”. Pura ignorancia, puro prejuicio.

Traigamos al estrado dos juegos condenados con los atributos citados de Super Nintendo: Yoshi’s Island y Kirby Super Star Ultra. Ambos juegos de plataforma sumamente difíciles, con mecánicas complejas que dificilmente un “cabro chico” logrará asimilar con facilidad. La estética completa de ambos juegos, incluyendo sus historias sencillas y música dulzona pueden hacer pensar al no-videojuegador o al videojugador-que-prentede-ser que se trata de un juego infantil, pensado para niños de 6-12 años de edad. Nada más falso. Son juegos pensados para adultos jóvenes y adultos de frentón, con personajes clásicos, altas dificultades, músicas compuestas por los maestros de siempre, con los que crecimos desde los 8-bit, son juegos para la vieja escuela.

Los juegos que contienen altas dosis de violencia, insultos, balas, explosiones y cuyos personajes son cool resultan muy atractivos para los niños, sí, esos mismos juegos que los supuestos “hombres maduros” consideran para ellos. A saber: Call of Duty, Gran Theft Auto, God of War. Parece un día en una tienda a escuchar a los niños como dicen “Papá, papá comprame esa” cuando pasan frente a una PlayStation 3, PSP o una Xbox360, pero son pocos los que patalean frente a una Wii o un Nintendo DS. ¿Quién es el cabro chico entonces?

Los cabros chicos quieren “uuuh ta’ pulenta la gráfica”, “oooh suena bacán”. Los adultos queremos juegos clásicos que recuerden nuestra infancia y juegos serios con historias serias que produzcan emociones como cualquier buen RPG, dónde necesitas leer grandes cantidades de texto (a veces en inglés), pensar, planificar, sentir y disfrutar de los giros narrativos que contienen altas dosis de drama… a los niños no les interesa el drama, no les gustan los RPG, son lentos, fomes… los niños aprietan Start hasta que todo el texto ha pasado, sólo quieren apretar botones.

Para hablar sobre algo hay que estar informado y superar los prejuicios.

Una Estética De La Pobreza

El historiador Gabriel Salazar comentaba en la revista Qué Pasa que hoy nos encontramos ante una nueva pobreza: la del endeudamiento y un nuevo pobre: el flaite. Un modelo a seguir por jóvenes en situación de vulnerabilidad social que encarna la audacia, el reconocimiento y el éxito en un ambiente hostil para ellos.

Desde allí quisiera reflexionar sobre la percepción que este nuevo pobre tiene de sí mismo en un espacio excluyente y castigador. Si yo mismo me siento excluido por mi estatura, el color de mi pelo, la comuna dónde vivo, la carrera que estudié, mi apellido, de las esferas de poder y de aquellas otras que intentan imitarlas, con mayor razón lo hará un joven que ha sido más desfavorecido que yo por el estado, la sociedad y el mercado. Si estuvieramos en su condición, ¿acaso no seríamos similares a ellos?

Nosotros mismos, desde nuestras familias, nuestros barrios y nuestra conducta individual vapuleamos a quien está por “debajo” de nosotros, menospreciándolo por su ignorancia, su violencia, sus códigos que irrumpen el orden e higiene de las calles, sus formas que transgreden la buena conducta y el respeto a los demás. Los miramos con odio, con recelo, con desprecio. En cambio, mediante las fundaciones como el Hogar de Cristo o el FOSIS, nos sumamos a un discurso que se afirma en una estética de la pobreza ya cristalizada hace muchos años y reproducida en los medios publicitarios de estas mismas organizaciones.

Imaginamos a ese pobre todavía, patipelado, hediondo y harapiento, como una suerte de modelo sempiterno del cuál nos debemos compadecer, un modelo agónico en las modernas calles de la ciudad neoliberal. Y por otro lado, reitero, nos indignamos ante la presencia del flaite, este pobre moderno, al cuál otorgamos las cualidades de “aparecidos” y hechos a si mismo prácticamente por su propia voluntad.

Quizá habrá que cambiar de una vez por todas la estética de la pobreza, para redefinir nuestros esfuerzos en pro de transformarnos en una sociedad equitativa.

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