El historiador Gabriel Salazar comentaba en la revista Qué Pasa que hoy nos encontramos ante una nueva pobreza: la del endeudamiento y un nuevo pobre: el flaite. Un modelo a seguir por jóvenes en situación de vulnerabilidad social que encarna la audacia, el reconocimiento y el éxito en un ambiente hostil para ellos.
Desde allí quisiera reflexionar sobre la percepción que este nuevo pobre tiene de sí mismo en un espacio excluyente y castigador. Si yo mismo me siento excluido por mi estatura, el color de mi pelo, la comuna dónde vivo, la carrera que estudié, mi apellido, de las esferas de poder y de aquellas otras que intentan imitarlas, con mayor razón lo hará un joven que ha sido más desfavorecido que yo por el estado, la sociedad y el mercado. Si estuvieramos en su condición, ¿acaso no seríamos similares a ellos?
Nosotros mismos, desde nuestras familias, nuestros barrios y nuestra conducta individual vapuleamos a quien está por “debajo” de nosotros, menospreciándolo por su ignorancia, su violencia, sus códigos que irrumpen el orden e higiene de las calles, sus formas que transgreden la buena conducta y el respeto a los demás. Los miramos con odio, con recelo, con desprecio. En cambio, mediante las fundaciones como el Hogar de Cristo o el FOSIS, nos sumamos a un discurso que se afirma en una estética de la pobreza ya cristalizada hace muchos años y reproducida en los medios publicitarios de estas mismas organizaciones.
Imaginamos a ese pobre todavía, patipelado, hediondo y harapiento, como una suerte de modelo sempiterno del cuál nos debemos compadecer, un modelo agónico en las modernas calles de la ciudad neoliberal. Y por otro lado, reitero, nos indignamos ante la presencia del flaite, este pobre moderno, al cuál otorgamos las cualidades de “aparecidos” y hechos a si mismo prácticamente por su propia voluntad.
Quizá habrá que cambiar de una vez por todas la estética de la pobreza, para redefinir nuestros esfuerzos en pro de transformarnos en una sociedad equitativa.